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viernes, 28 de agosto de 2020

GNOSEOLOGÍA POÉTICA EN LA ENTROPÍA TOTALIZADORA O CÓMO SE PIERDE LA CORDURA, PERO NO LA RAZÓN, PARA NOMBRAR LA NADA

Ecología del manicomio





GNOSEOLOGÍA POÉTICA EN LA ENTROPÍA TOTALIZADORA O CÓMO SE PIERDE LA CORDURA, PERO NO LA RAZÓN, PARA NOMBRAR LA NADA

Dr. D. Enrique Ortiz Aguirre
Universidad Complutense de Madrid



Como el niño que
se lleva a los ojos
la cuchara llena de sopita.
Federico García Lorca




Las vicisitudes teóricas de los poemas en prosa han sido numerosas y, a pesar de los esfuerzos (Díaz-Plaja, 1956; Utrera Torremocha, 1999; Villena, 1999), lo cierto y verdad es que se trata de un subgénero, dentro del ancho y rizomático paraguas de la lírica, más definido por su devenir histórico —por su diacronía— que por sus propias características. Sea como fuere (o precisamente por este extremo), el poeta salvadoreño André Cruchaga nos propone con Ecología del manicomio un nuevo reto lector. No es momento de revisar los antecedentes y la génesis de esta peculiar manifestación literaria, sino de celebrar la modernidad de un subgénero capaz de significar en los intersticios, de vehicular una forma de conocimiento desde lo proteico y lo lábil, condiciones de carácter extraordinario para hacer emerger un tipo de racionalidad totalmente otra, lateral, colindante con la locura: la razón poética.
Por otra parte, el cultivo de este subgénero protonacido de la modernidad literaria de Charles Baudelaire ha tenido —y tiene— excepcionales cultores en las letras hispánicas; desde Gustavo Adolfo Bécquer (propiciador de la modernidad lírica en España), Juan Ramón Jiménez o Federico García Lorca, hasta la excelsa ideación latinoamericana del subgénero por parte de escritores como los cubanos José Martí y Julián del Casal, el nicaragüense universal Rubén Darío y, más tarde, César Vallejo, entre muchísimos otros. Sí es un subgénero que se asocia a finales del siglo XIX y que vendría de la mano de los míticos poetas malditos franceses: Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud o Stéphane Mallarmé y, por ende, vinculado al Modernismo y a las Vanguardias en una concepción ya actual. A las canónicas características que se le otorga al poema en prosa desde su caracterización teórica (las ya célebres de integridad, brevedad y gratuidad, expresadas por Suzanne Bernard), corresponde recordar la naturaleza diaspórica y nómada de este subgénero.
Precisamente, esa naturaleza viajera le permite al poeta salvadoreño recubrir de piel narrativa la emoción lírica, añadir a las tensionalidades del sujeto, de los vínculos y del lenguaje una suerte de tono confesional, de un diario íntimo surgido de una voz susurrante que nos recuerda nuestra condición quebradiza, sublime en la precariedad. Este discurso hipnótico encuentra precedente en obras tan interesantes como Iluminaciones en la sombra, diario impresionista finisecular, repleto de poemas en prosa, alucinado y tortuoso, colmado de un íntimo dolor como núcleo genésico de lo poético, del bohemio Alejandro Sawa. El mismo tono confesional, de carácter narrativo-lírico del sujeto poético doliente, se advierte en los poemas en prosa de César Vallejo o de García Lorca.
Así, en tono íntimo, el susurro deviene grito existencialista hacia otra racionalidad que promueve la poesía como forma de conocimiento alternativa, mucho más eficaz que las manidas racionalidades pretendidamente elocuentes para dar cuenta de un devenir cotidiano que rebasa sus presupuestos y sus añejas metodologías monocordes, claudicantes ante una realidad pluridiversa, multidisciplinar, líquida en palabras de Zygmunt Bauman. Recoge la voz cruchaguiana, pues, la mejor tradición del género y la mayor simbiosis de un género líquido para una realidad cambiante, permanentemente problematizada, tan actual como diversa.
         Además del tono confesional, de la pulsión de diario lírico, en Ecología del manicomio, habida cuenta de su carácter poliédrico, hay que señalar aristas como la integración de la denominada poesía de la experiencia (la introducción de una realidad cotidiana y alucinada en lo poético) y de la poesía como experiencia (de ahí su fértil intertextualidad, su polifónico tejido literario transgenérico y cultural: el autor de Drácula en “Monólogo en el traspatio”, el diván de Artaud en “Discurso de la ceniza”, los cuentos de Poe o los heraldos de Vallejo en “Estampillas”, el poso de Kierkegaard en el poema del mismo nombre, el desarraigo doliente de Roque Dalton en “El silencio de siempre”, la contradicción apasionada y apasionante de Unamuno, la melena idealista de Whitman, el poderío dariniano, los antagonismos de las clases sociales —al alimón— de Marx y Engels desde su clave dialéctica en “Me aferro a la luz”, el instante enloquecido, frenéticamente estático, de René Magritte, el sinsentido kafkiano, la sublime destrucción de Baudelaire en “Postrimerías de la mesa”, la religiosidad maldita de Rimbaud en “Corrosión”, los puntos cardinales de la poética de André: Lautréamont, Camus, Sartre, Rimbaud y Baudelaire en “Habitación póstuma”, la verdad de la piel —o el cómo de la exteriorización de lo interno— a la manera de José María Hinojosa, en “Lenta herida”, el carácter finalista de Pellegrini, las cuerdas cósmicas del Stradivarius, la dimensión estratosférica de Hendel, y de Rossini, el desgarro realista de Balzac o Rembrandt  en “Hespérides”, el erotismo siniestro de José María de la Rosa en “Palabras de la noche”, el subversivo planteamiento transversal de Beckett o Eugène Ionesco, el pensamiento de Heidegger “En pleno amanecer” y un largo etcétera intertextual); la esencia metapoética (en raigambre rabiosamente moderna, se indaga en los orígenes y acabamiento de lo poético, en el divorcio de los significantes respecto a los significados convencionales —en “Madera del escriba”—, ya en la indagación de los límites semánticos para acudir a la significación material de los vocablos y de sus resonancias —“Quizá la poesía solo sea cuestión de incendios en el diván oscuro de Artaud” en “Discurso de la ceniza”—, a una poética del silencio —“Antes y hoy, en primer plano el silencio, de otro modo no entendería tanto espejismo” en “El silencio de siempre”—, como dominio por excelencia de la poderosa nada, la poesía como gramática del manicomio —“lo único cierto es que estás aquí, poesía, lo real e imaginario del manicomio diario donde el espejismo debate con las alucinaciones de la tinta, con ese otro yo quedado en la memoria” en “Retorno con algunas variaciones”, identificando lo poético con la alteridad, la tensión del yo resuelta en el desdoblamiento, y con el discurrir alucinatorio de la locura, una locura poética que nombra las cosas por primera vez, siempre —entre los mecanismos lingüísticos, ocupa un lugar de privilegio la sinestesia imposible: “Ventana sorda”—, y que es incapaz de diferenciar entre el decir y el acontecer, en una dinámica pragmática de actos directivos superpuestos, enloquecidos, solapados, interseccionados por una forma de conocimiento abrumadoramente lúcida y dolorosa, maldita en su condición de luz, luciferina—, como identificación con la naturaleza —“Madera del escriba”—, el poema viviente, autónomo, respirante en pulmones de una lengua activa, metamorfoseada como expresión de sublimidad —“Vuelvo con esa eternidad de las palabras” en “Retorno con algunas variaciones”, y la alusión al mundo como lenguaje, donde todo acontecer es posible: “las horas se traducen en lenguaje, pasado y presente de las ficciones humanas” en “Contramoho”—); el tono existencialista en consonancia con una poética del vacío (la concepción de la poesía como supervivencia —“la tarea urgente es sobrevivir, difícil tarea entre la barbarie que nos azota” o “Todo parece construido para destruirse”, ambas en el poema “Obstinación de impurezas”, el dolor como consciencia vital —en la cita de Rosalía de Castro en “Mapamundi de la tristeza”: “¡qué sabéis del que lleva (…) / la eterna pesadumbre sobre el alma!”—, la precariedad/fragilidad como detonante hacia la poética de la desaparición, acompañada por una posmodernidad en crisis, con alta capacidad deconstructiva: “Desde esta posmodernidad en crisis, pero letal, sucumbimos en su metástasis” en “Predio baldío”, por tanto una época cancerígena, propensa a crear sus propias células autodestructivas en ineluctable expansión y agonía —no en vano en uno de los vocablos que predominan en el poemario, y que se relaciona directamente con lo entrópico—, y conducente al vacío, susceptible de ser expresado a través del discurso de la poética de la nada, la gramática del vacío, la semántica de los huecos, el bautismo del vacío: “Siego en mi ceguera el vacío” en “Cama de mendigo”, el sentido del vértigo como espacio para la nada —“Vértigos”—, que lo inunda todo: “las palabras en el vacío total de la demasía del pulso” en “Ráfaga de aire”, que identifica lo vital con la presencia de la vacuidad; es también una nada creativa, primigenia, capacitada para generar: “Allí, en el semblante del universo, […] la oquedad espectral del vacío” en “Semblante del agua”, una nada personificada —“los tropiezos del vacío en la niebla” en “Memorando con espinas”, que entroniza la amnesia como memoria de la nadería, empodera el olvido como reverso del recuerdo en la dimensión de la ausencia: “el vacío es más hondo que los recuerdos” en “Ruptura”, o la asunción de la nada que se muestra en la cita de Concepción Silva Bélinzon que precede al poema titulado “Bosque circular”: “No importa si mi sitio está vacío…”); en este sentido, y en articulación con las vértebras de la nadería, se nos antoja de profundo interés la estética de la entropía (el oxímoron: “esta profundidad de mis ojos en el vacío” en “Ventana sorda” o “Los jardines también sucumben en las ciudades, igual que un espejo destinado a la diáspora” en “Fosa común de los jardines”, la paronomasia en la abundancia de sonidos semejantes que se terminan asimilando, en juego de aliteración por el seseo: “Siego… Ciego”, los conceptos viajeros —el nomadismo poético—, de suerte que un mismo concepto varía en el mismo poema, como la noción de espejo o de deseo en “Peldaño de los párpados”, el discurso deconstruido en la proximidad al glíglico como definición de lo poético desde la taumaturgia del lenguaje como objeto, verbigracia en “La noche sobre tu cuerpo” —la hipnosis salmódica de un lenguaje del sortilegio—, la sobreabundancia por la reiteración en la mise en abyme, la profundidad especular, la sinuosidad siniestra de los laberintos —en “Corriente de agua”, llama la atención el correlato del agua como materia para el vacío, su inaprehensible corriente y la cita: “Lluvia de laberintos y espejos/ en el estertor de las palabras”, de Pere Bessó—, la totalidad de voces en fusión y confusión, una naturaleza babélica atestada de lenguas para traducir la oquedad religiosa, mítica, como en el poema “Así estaba escrito”, de dimensión genésica y performativa, nombrar para crear, creer para crear); así como el hecho de enmarcar la comunicación lírica en el carácter dilógico, lingüísticamente marcada por la apelación directa al vos poético, en la tensión entre el ‘yo’ y la alteridad, en aprendizaje dialógico de una estética mayéutica y profundamente humanista (una creación de un tú poético que se identifica en el poema, como sucede “En cada sombra”, “Obstinación de impurezas”, “Fosa común de los jardines”, “Estampillas”, “Madera del escriba”, “Retorno con algunas variaciones”, “Noción del poema”, “Puerta del día”, “Relectura del zodíaco”, “Y de pronto, entreabierta, la bocacalle”, “Apuntes ilegibles”, “Catarata obscena”, “Sombrillas”, “Preñez del ojo”, “Ciertas erratas”, “Desnudez”, “Albor del viento”, “Entresueño”, “Dispersión del agua”, “Perro ladrando a la luna [Joan Miró]”, “Caballo junto al mar [Joan Miró], “Mapamundi de la tristeza”, “Hespérides”, “Evocación mediterránea”, “Distancia pródiga”, “Bosque circular”, “Inventario”, “Ofrenda al retorno”, “Redención del reloj” o “Inmaterial”; un vos que se debate entre la materialidad del narratario y la identificación becqueriana de lo poético y lo femenino con lo absoluto); la reivindicación política, entre las grietas (como en “Fosa común de los jardines”: “Cuando la democracia anda en muletas”); así como lo decadente desde la expresión apocalíptica (gusto por lo ruinoso y lo destruido, asunción/consunción del final en perpetuo detenimiento a través de símbolos en acabamiento, como el crepúsculo o la agotada luz de las luciérnagas, subsumidas por la oscuridad, en “Instantánea de luciérnagas”); o la presencia radical de lo onírico (otra forma de racionalidad, de indagación en lo oculto, de irracionalidad replegada y subvertida en forma de conocimiento y traducido mediante un lenguaje surrealista y apocalíptico; lo poético, pues, como acceso a lo soñado a modo de forma de conocimiento, como en “Peldaño de los párpados”, “Pulso líquido”, “Catarata obscena”, “Marea” —un canto al método paranoico-crítico daliniano— o “Tanto aullido”, torrencialidad poética dedicada a la poética ensoñada y dolorosa de Alejandra Pizarnik, o la poesía como desgarro ontológico).
En definitiva, Ecología del manicomio propone la sostenibilidad del pensamiento lateral; la razón poética estética/ética capaz de indagar en territorios inexplorados, ignotos, mediante un verbo capaz de construir/deconstruir sus propios significados diaspóricos; “la inasequible fuerza del desaliento” de Ángel González a modo de agonía unamuniana que, en identificación ínsita con lo contradictorio, significa tanto el sufrimiento último en las postrimerías del acabamiento (un nonsense solemne que anuncia la fundación de las ruinas, otra racionalidad, sombras de la nada orquestadas por el himno pertinaz de la pérdida, celebración del hueco que contiene el interior huérfano de los cuencos) como la lucha por traducirlo, a sabiendas de que se saldrá derrotado, al lenguaje poético para nombrar el intenso vacío que nos habita.

    En Madrid, un territorio para nada, a 1 de un agosto —para siempre— sin una ‘u’.
                                                                       In memoriam de Augusto Álvarez Martín

Dr. D. Enrique Ortiz Aguirre, a 1 de agosto de 2020


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Dr. Enrique Ortiz Aguirre




Enrique Ortiz Aguirre. Es Doctor en Lengua española y sus Literaturas por la Universidad Complutense de Madrid, ha obtenido el D.E.A. en Literatura hispanoamericana y es Profesor Asociado en la misma Universidad (Facultad de Educación-Centro de Formación del Profesorado), donde imparte asignaturas relacionadas con la Didáctica de la Lengua y de la Literatura, además de ser funcionario de carrera y jefe de Departamento en un IES de la Comunidad de Madrid. Ha participado y organizado Congresos y Seminarios Internacionales en distintas Universidades (UAM, UCM, Universidad de Sevilla, Universidad de Extremadura, Universidad de Salamanca, UIMP, Universiadade de Lisboa, Universidade do Minho) y entidades (Museo del Prado, Asociación de Cervantistas, Biblioteca Regional de Madrid). Ha publicado ediciones críticas, artículos (sobre Juan Ramón Jiménez, Darío, Manuel Reina o Cervantes y la Literatura comparada) y monografías (Literatura hispanoamericana, Literatura Universal y comparada). Su ámbito de investigación se enmarca en la Literatura finisecular española, en la Literatura comparada, en las relaciones entre Literatura y erotismo, entre Literatura y Cine, y en la Didáctica de la Lengua y Literatura. Participa en Grupos de Investigación universitarios y es socio de la Asociación de Profesores de Español Francisco de Quevedo (forma parte de la Junta Directiva y del consejo editorial de su revista) y de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada (SELGYC).

jueves, 21 de marzo de 2019

ATRIO PARA UN CUERVO IMPOSIBLE

Cuervo imposible, André Cruchaga






Prólogo

ATRIO PARA UN CUERVO IMPOSIBLE




Cuervo imposible se posa sobre el pentagrama de lo inefable para trinar su entropía en las selvas desérticas de lo sublime
Enrique Ortiz Aguirre


No sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, más tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
Luis de Góngora


Tan imposible como su cuervo, resulta negarse a la petición del enorme poeta salvadoreño André Cruchaga de prologar este intenso y preciosista poemario conformado por setenta y seis artefactos, en el propio decir del vate, cuya estela poética se aleja de las modas en la poesía salvadoreña (ni el coloquialismo típico, ni el cierto simbolismo acartonado, sino una experiencia poética radical) y, en cierta manera, de la poesía latinoamericana, en general; siempre resulta estimulante adentrarse en la espesura de mayólicas de su poesía, un enjambre de significados que conjura la superficialidad y falta de semántica (puro envoltorio, cáscara) en nuestros días. Frente a la alabanza de lo insustancial, André despliega los significados en un pentagrama y les confiere significados profundos e inesperados, como un cuervo que se deja caer sobre las notas para hacerlas sonar profusamente. En realidad, se trata de una salmodia fundacional, de una siniestra melodía que nos reconcilia con lo más ignoto, con el origen de lo mítico. Y ese cuervo imposible (sus alas de gigante le impiden caminar) dibuja la genuina naturaleza del lenguaje poético: colocar las palabras en el umbral de significaciones prístinas, desautomatizar el lenguaje común para dibujar la permanencia de lo primigenio, asistir a lo genésico, percibir el milagro de lo fundacional que aflora desde las alcantarillas de los sentidos, desde lo más familiar reprimido para recuperar, redivivo, a Freud, que nos retira los líquenes y musgos depositarios de tanta impostura e inercia de lo acostumbrado. Las resonancias constituyen un apasionante tejido de intertextualidad, pero hay ciertos órganos que reclaman especial atención desde sus pálpitos ensordecedores: Juan de Yepes (san Juan de la Cruz), Luis de Góngora y Argote, Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe, Rubén Darío, Vicente Huidobro y el Surrealismo, entre los no mencionados literalmente (que son muchos y constituyen un complejo conjunto polifónico inspirado por la entropía, como se dirá enseguida). En todo caso, no pueden diferenciarse por separado ni comprenderse individualmente, pues se orquestan holísticamente para procurar los dominios de lo sublime. Ese eclecticismo genial, al que se aúna una voz personalísima, única, que reivindica la poesía como conocimiento salpicada de cromatismo y sonoridad centroamericana en el abismo de la semántica tradicional, dinamitada tanto desde el extrañamiento de lo irracional como desde la intensificación de lo contradictorio, gigantesco en su devenir, de la antítesis al oxímoron tras la entronización de la paradoja.
         Sin duda, la plétora, la sobreabundancia, constituye elemento esencial de su poética. Algunos críticos, en reseñas, artículos y proemios, han insistido en el carácter sinestésico de la poesía de André, en sus influencias de poetas surrealistas franceses, en el espíritu existencialista de su obra, en la rara habilidad que muestra al ensartar metáforas para alimentar un torrente de imágenes que arrastran a todos los sentidos más a los territorios de las luces que de las sombras. Sin embargo, todo ello parece coyuntural, ancilar de un demiurgo esencial en su poética desde una semilla germinal que se acrece en este poemario para desvelar su hondísimo secreto, su feral arcano: la entropía.
Y es que precisamente esta concepción poética es la que asimila, por antonomasia, la poesía de André a la Literatura, con mayúsculas, obviamente. La naturaleza de escribir desde el desgarro, desde la trágica condición humana de vivir una sola vida y desear miles, desde la tensión del sujeto que lamenta sus cadenas, asume la derrota y, a pesar de ello, sale a batallar. La abundancia poética al concitar la eclosión fundida y confundida de todos los sentidos, la plétora expresiva del preciosismo verbal, y la acumulación de sentidos en la claudicación del significado convencional mediante la saturación significativa persiguen dar cuenta de una genuina revelación: el origen es el caos y el ansia es el desorden mismo, como síntoma de lo que nos habita. Ello nos instala inevitablemente en la categoría estética de lo sublime, incardinada en ese principio atroz que nos mueve y nos paraliza: en el principio está nuestro fin y, en nuestro fin, nuestro principio, en palabras del genial pensador Eugenio Trías, que nos dejo estéticamente huérfanos en 2013. Esta concepción poética enfatiza la noción de límite para diluirla a través del epítome y de la plétora, de la sobreabundancia, y del discurso metafórico, capaz de sustituir la realidad convencional por un artefacto autónomo, independiente de la realidad circundante, que la suplanta en aras de su canto de independencia artística, de su capacidad de respiración autónoma sin los pulmones de la realidad mostrenca. En esa dimensión poética, en la que acontecen simultáneamente el génesis y el apocalipsis, se produce la consunción de los límites y fronteras sublimados en el magma mítico del origen y de nuestra destrucción. Es, pues, una poética tan gnoseológica como ontológica para emparentar el ser con el conocer como corolarios recíprocos en la absoluta acronía de lo ilimitado. Esta destrucción del tiempo cronológico confiere altísimas dosis de lirismo al torrente visionario, ya que privilegia el espacio mítico (sin tiempo) como sucede en el ámbito de lo onírico. Así las cosas, ante la claudicación del tiempo, se erige la ucronía desde la concepción del espacio, el monumento a la prospección, a la pertinaz hipótesis que nos atraviesa. Ese detenimiento de lo ilimitado produce una cristalización efímera de lo eterno, un soplo congelado hacia la atracción de lo que nos destruye.
         Por otra parte, la entropía como demiurgo se convierte también en culpable de la polifonía de esta Comala poética, en virtud de la dilución de los límites por sobreabundancia; lo que explica que convoque la naturaleza simbólica, religiosa y espiritual de san Juan, su equilibrio imposible en el corazón del oxímoron, la mística inefable del origen, el abismo de la significación, con el tamiz de la modernidad baudelaireana, que funde los elementos citadinos, hálito de vidrios y cemento con la simbología natural y que concede la amplia belleza de lo siniestro que conecta la poesía de André con lo sublime. Al mismo tiempo, el espíritu culterano de Góngora insufla el cuidado formal, el gusto por la metáfora y la inclusión de un léxico no considerado a priori como poético, pero que -en virtud de la entropía y del exceso- resulta ineluctable en los designios poéticos de esta dimensión taumatúrgica y esencial que nos propone André, así como el culto a la nada como destino de la condición humana; el exceso verbal, pues, también contribuye decididamente a la eliminación de los límites y a la superación de fronteras; de Baudelaire ya se dijo algo, la extensión de los versos, su cercanía a la prosa, su modernidad y la tenaz crisis del individuo en el ámbito citadino, ese existencialismo enraizado en la nadería, en la poética de la desaparición, en la metáfora de la ausencia. Asimismo, este poemario concita la trágica voz de Poe y su celebérrima obra poética de El cuervo, con su estudiada musicalidad y la atmósfera sobrenatural hecha, aquí, lenguaje y malditismo, canto de lo siniestro que nuestro poeta salvadoreño, desde la existencia humana, extrapola a la ideación de país, de sueño, de tremenda pulsión hacia lo que nos destruye, hacia la nada como feral reverso del rebasamiento del todo, en el que no podían faltar la sensualidad que rezuma profundo erotismo, el exotismo verbal, las esdrújulas, los versos largos, la sonoridad rotunda y el cuidado formal darianos, ni el erotismo como marchamo de la muerte, ni la desarticulación total del lenguaje, el paracaídas de Altazor, las estructuras paralelísticas, la reiteración, la sorpresa, el adjetivo inusual, lo arbitrario o la Vanguardia con el sello indeleble de Huidobro, ni la independencia de la obra artística respecto de la realidad, logro vanguardista que comenzó a gestarse con las corrientes finiseculares y el vuelo autónomo de la metáfora. Y, por supuesto, el surrealismo y su teoría del caos, la verdad de los sueños y de lo incomprensible, de lo irracional como auténtica forma de conocimiento.
         Y, en esa contradanza de lo sublime, lo abstracto se hace concreto y se confunden; lo animado, se cosifica; lo inerte, se personifica; lo humano, se animaliza; lo animal, se humaniza; y la verdad, se hace artefacto. Esta capacidad taumatúrgica que nace de la entropía se articula, entre otros medios, a través de la metáfora, dada su capacidad de transformación, de milagro semántico, de rebasamiento de límites y consunción de fronteras para desembocar en el magma donde todo es indisociable, donde la confusión nos reconcilia con la pangea misma de nuestra existencia, con el desorden gramatical de las palabras primitivas, las palabras de la tribu que crean y que destruyen todo lo que nombran.
         Todo ello es Cuervo imposible, tal y como puede comprobarse, verbigracia, en “Anotaciones para el olvido”:
                   Todo crece hacia el escombro:
la lengua, la oración, el escapulario,
el atrio mordiendo juegos inexplicables,
la plaza con el tormento
de las estratagemas y el chaparrón de ofertas sempiternas.
—Hemos dejado de ser,
para ser Nadie,
fundamos mares y sueños de perenne mutilación,
de escombro y funeral inexplicables
Esa poética de la nada, de la figura de nadie, mediante una técnica de permanente desgarro, de divorcio pertinaz en la metáfora de la devastación y del desprendimiento, el lenguaje de la caída, la creación en el vórtice. Con este poemario, el lector queda sobrepasado por una sensación de belleza lingüística que encuentra su fulcro en lo siniestro y en lo ilimitado, promoviendo la aquiescencia de lo sublime. Una experiencia frenética que nos apresa, víctimas del síndrome de Stendhal, ahítos de metáfora y de extrañamiento, vencidos de hipálages, hipérbatos, aliteraciones y lujos verbales que producen anonadamiento y éxtasis contemplativo.
O, en “Vivencia de la humedad”:
Nos hemos edificado en el abismo de esta materia:
sin posibilidades de hallar la lámpara de los peces,
el vestigio del pulso,
la punta del ala que nos ofrezca una salida.
La eternidad nos vuelve bruma de granito.
Donde el oxímoron final da buena cuenta de nuestro pertinaz anhelo y, simultáneamente, de nuestra efímera y precaria condición, en el abismo de la nada.
O, en “Rostro de la calle”:
 Para mí y para vos, cada calle nos borra la esperanza.
Salvo el laberinto de la muerte,
nada más nos acompaña
en la travesía: cada transeúnte es un grito entre grises.
La existencia concebida, pues, desde la desaparición, desde el reino de naderías de nuestro destino; y esa genial metáfora del laberinto de la muerte que nos encierra en el fabuloso Dédalo del lenguaje, plagado de celadas, construido sin salidas para el lector. Y ese cansancio vital en “Venablos del desvarío” y, en el carácter proteico de la nada, esa poética del crepúsculo, del ocaso como objeto lírico sempiterno (“Rictus del hollín”), del caos (“Áspero patíbulo”), de la desnudez como desahucio (“El poro en el espejo”), del vacío (“Espacio insondable”), de lo oscuro y lo siniestro (“Cuervo”), de la ausencia de signos de puntuación (en la prosa poética torrencial, a modo de caída de “Cuervo del respiro”), de la repetición circular y sin sentido (en el brevísimo “Ciudad mientras camino”), de la demencia y el exceso (“Locura”), de lo grotesco y lo deformado (“Errores involuntarios”), de la esquizofrenia y lo mutilado, hasta la emasculación, (“Agujeros de miedo”), de las sombras, de los tiempos oxidados y de un largo etcétera que conforma el carácter poliédrico de un caleidoscopio del vacío y la pérdida, de la caída como estado permanente.
Así pues, hay verdadero aliento poético en torno a la entropía como mejor demiurgo de la poética de la pérdida, del lirismo del inefable silencio que anuncia nuestro origen y presagia nuestro acabamiento; de esa frenética acumulación para conjurar la nada que nos respira, que nos aguarda y nos crea en ese paradójico milagro del desorden, cuna y sepultura de todos nuestros desvelos. La poesía de André Cruchaga responde, por exceso, a la propia naturaleza del género lírico y vindica su esencialidad desde la perspectiva lúcidamente crítica de Víctor Vich, ya que es una poesía que habla del sujeto y de su trágica condición, de los vínculos y su problemática, y del lenguaje, auténtico alarde, protagonista brillante de este vuelo imposible, logrado desde las raíces.

                                               En Madrid, en las postrimerías de un año más.


Dr. D. Enrique Ortiz Aguirre,
Universidad Complutense