Entre lo real y lo
imaginario
(O el poema como pausa, como arte
de la dilación)
Lloramos
entre los rascacielos
como nuestros antepasados
lloraban entre las palmeras de África
porque estamos solos,
es de noche,
y tenemos miedo.
L.
Hughes
El poeta inicia Sepulcro de
la Tierra usando los “cifrados” de
un hombre que afirma que la escritura “automática”
es un viaje de lo superficial a lo profundo de las cosas. Un hombre que dice
haber encontrado el ansiado estallido del yo. Un hombre que reza: “…Sol serpiente ojo fascinador ojo mío… …Mi deseo un azar de tigres sorprendidos en
los azufres… ...la
tibieza mil veces feroz de la locura aullante y de la muerte”. Un hombre
que busca donde sea necesario buscar, que viaja de lo interior a lo exterior, del
presente a lo ya vivido. Un escritor que se toma el tiempo y reconstruye su
mirada interrogando a ese mundo que le tocó transitar y sufrir. Un hombre que viabiliza
y asume el asombro que resulta del redescubrimiento de sus ritos ancestrales. Que
teje sus hallazgos identitarios, fraguando la reconquista de su geografía y su
cultura, propiciando el reseteo de la conciencia para reiniciar constantemente la
formulación de sus posibles y liberadores universos poéticos, aunque para ello tuviese
que apropiarse de los
lenguajes estéticos de la Vanguardia.
Quiero
pensar y debo pensar que el poeta Cruchaga con su epigrafía inicial nos invita
a construir una suerte de metáfora, al mismo tiempo que nos alerta y/o nos suguiere
algunas de las claves para abordar su poesía.
Un autor como
André Cruchaga es un escritor cincelado en la cultura de la Modernidad, entendida esta como unidad espacio temporal, donde se proveía
eventualidad y se daba cabida al cambio, al mañana; donde existía
la posibilidad de futuro y donde los acontecimientos pasados proporcionaban
sentido y estructura a lo pendiente. Pero también Cruchaga es un autor que
ineludiblemente está obligado a operar desde la Pos-modernidad y tal vez, solo tal vez –sea ese su calvario–. Y
esto, probablemente sea así, porque Cruchaga es una criatura facultada para la
recordación, y de tal hado, condenada a transitar –si no a naufragar– un tiempo
sin tiempo, sin sentido histórico que al parecer no da orden ni continuidad a
los sucesos.
…Ante el terror diario, siempre se
están escribiendo los mismos epitafios. / No cesa la avidez de los ungüentos, /
ni los jirones de humedad en los zapatos, ni la arcilla de gemidos / sobre la
hoja que pavimenta el traspatio del aliento. Antes solo era la carcoma / y
vasta lluvia: siempre hay bestias confundidas por doquier…
El que ve y no quiere ver porque duele, el que no quiere ver pero ve,
porque es ineludible. El que conmemora sin querer conmemorar. El que mira hacia
adelante, pero con todos sus sentidos apuntando hacia atrás. André Cruchaga es un
viandante que no deja de rastrear, parafraseando a Chul Han: los viejos aromas
del ayer.
….Uno agarra, —a
veces—, pedacitos del calendario para endulzarnos...
….En la carcoma defectuosa de
los líquenes, nos estremece la destrucción del rostro y el castillo de naipes
con recuerdos desvanecidos. / Hay deseos de encapuchar tantos olvidos. / Deseos de párpados desinfectados,/ altas
voces de la culpa vaciadas en el grito…
No poco se ha escrito sobre este inagotable
autor, sobre sus hallazgos e irrefrenables dinámicas creativas, y esto,
ciertamente nos hace difícil tributar en algo al análisis de su obra. He
mencionado alguna vez que sus aportes son un expediente riguroso, excepcional y, si se
quiere, insólito en tanto son el resultado de una voz sui géneris que, a
contra pelo, ha forjado con sus scindere otras rutas de indagación. También
lo he llamado “UN VIEJO TOPO” que testarudamente ha estado atareado en
escindir, diseccionar y desbastar la palabra, el símbolo y sus significantes.
No es tarea fácil abordar a un autor que
se empecina en desdoblar al lenguaje, que se empeña en la fractalización de las
palabras como procedimiento para fracturar el significado y perturbar los
sentidos, exponiendo al lector a un viaje “rizoma y barroco” de ramificaciones
infinitas y vías muertas. Digo barroco por su exuberancia, aunque debería decir
neobarroco, para intentar aproximarnos con mayor precisión a las
configuraciones modernas de un laberinto escritural donde el descifrador
transita por corredores que se interconectan entre sí, pero en donde los
senderos o caminos no configuran una lógica de circuito cerrado que le lleve de
nuevo al punto de partida. Sino más bien, a una disposición multidireccional y
polifónica que propone un inestable equilibrio de ilusión y desilusión, duda y
descifración, posibilidad e
imposibilidad.
…Ante
tanto rastrojo, enhebro mis pupilas en la tierra amortajada del tórax….
Por lo general, insisten y coinciden los
observadores de su obra en analizarla y darle sentido orgánico desde ciertos
constructos teóricos y bajo la luz de posibles y recurrentes influencias, por
lo cual no será extraño, sino más bien habitual, encontrarnos con términos tales
como: distopía, fractus, sinestesia, entropía. Categorías
de algún modo encuadradas en las aristas de movimientos como el surrealismo,
creacionismo, absurdísimo, entre otras vanguardias.
También
concuerdan los entendidos en ubicar el aliento y/o la atmósfera de su propuesta
bajo el influjo filosófico del existencialismo, y probablemente sea así. Sin embargo, tendría que desconfiar un
poco cuando no se precisa entre las distintas vertientes del existencialismo,
tales como la corriente atea de Jaspers, Marcel y Buber, y la deísta de
Heidegger, Beauvoir o Camus. Dicho esto, no seré yo quien desconozca y refute estas
exploraciones y referencialidades que como toda forma de aproximación son válidas,
son arrimos serios y sin duda algunas bien fundamentados. Eso sí, bajo ciertos
y normalizados o al menos, habituales códigos de lectura. Sin embargo, he de
reconocer que efectivamente la obra de André Cruchaga y en particular esta
colección bajo el título Sepulcro de
la Tierra se caracteriza por exponer o al menos
propiciar lo que podríamos señalar
como «situations extrêmes» , y estas
entendidas a modo de ciertas disyuntivas a la que la criatura humana se enfrenta
como el absurdo de la vida, el desasosiego que forja y dispone la árida
cotidiana, el deterioro de la biota inmediata o, en última instancia, la muerte
como muro, como pared que cierra el espacio, «muro de las lamentaciones», símbolo que remite al sentimiento de
caverna del mundo, al inmanentisino, a la imposibilidad de transir.
…(De pronto, pienso en los
ladridos de las sombras y en el ruido encerrado de todas las noches al punto de
decapitarme. / Confieso mis ojos desenterrados de los candados sin saciar el
hambre.
Confieso mis bostezos sobre el maullido de
los ruidos)…
…(en el escapulario del sollozo ese
simulado tren de las palabras el bautizo agolpado en mi pecho las semanas
desclavadas de su dureza o el pestañeo alto de los muros aquella sombra el
espejo y también el río de su sangre después de todo el viaje de los ojos queda
en la memoria lo que fue la duración del asombro —vos frente al tiempo
añadiendo hirsutas tristezas o sosegados fríos)…
Tengo que reconocer que mis primeras
exploraciones de los trabajos poéticos de Cruchaga fueron motivadas substancialmente
por mi interés por indagar sobre lo que podríamos llamar el “surrealismo
latinoamericano”, y por el rastreo de exponentes centroamericanos de valía y
trascendencia de esta singular expresión y sus derivaciones. Y en efecto, en esos
recorridos hallé en sus escritos rasgos esenciales que podrían ubicar a este
autor en esta modalidad escritural. Y, por qué no decirlo, tropecé también con
ciertas reminiscencias o fragancia de los viejos movimientos de “Vanguardia”, con
evocaciones de aquellas búsquedas que intentaban generar sistemas escriturales
autónomos y autosuficientes, que procuraban re-delinear la “realidad” desde
acercamientos más abarcadores, proponiéndose descubrir las zonas ocultas de lo
real como procedimiento para aprehender
y representar todos aquellos elementos que le configuran y, de algún modo, instalar
una nueva comprensión y sensibilidad de la –realidad– y sus manifestaciones.
No es este el momento de profundizar en
esta vertiente de análisis. No nos lo permite el limitado espacio de un prólogo para estas divagaciones.
Además, ya se ha escrito con mucha claridad sobre estas aristas. Bastará con
acudir al absoluto prólogo que José Siles G. nos proporciona a propósito de la
colección de textos agrupados por Cruchaga bajo el título “Vacío habitado”, donde se explora y clarifica algunas de las
influencias, hallazgos, ecos y resonancias en la poética del autor salvadoreño.
Como he insinuado al inicio, Cruchaga es
un escritor que opera y construye su arsenal poético desde la “Mnemósine”, el
autor se nos propone, o al menos yo lo percibo, como una suerte de tempus-nauta.
Un viajero que ejercita la memoria y adiestra la contemplación,
y donde el acto de recordar es el viaje, y el recogimiento y la contemplación
es un acto ritual que posibilita la captura, el dimensionamiento y la
significación de los instantes, entendidos estos como eslabones que estructuran
lo duradero y dan sentido de permanencia al ahora.
Cruchaga es un cazador de relámpagos que usa el ritual como
técnica para simbolizar y sujetar los acontecimientos. Intenta construir mediante
el uso desbordado de la repetición asideros al “temps” para que este no se diluya en meras suscepciones
de instantes y caiga en el vacío.
…Para
cruzar el desvarío del polvo, hay que recoger, primero, los vestigios
del
granito y mirar hacia lo invisible del tiempo…
—(De aquel umbral y sus
vestimentas, solo el tren de la memoria endurecida de moscas, solo el
escupitajo disuelto en las aceras. / Alrededor de mi olfato, los kilómetros de
ronquidos del recuerdo.)…
…(A veces, solo es cuestión de pensar en las estaciones y los
ferrocarriles, en la rama que se deshoja en los ojos, en la carne que tiembla
frente a calendarios yertos, en las palabras que nunca dije porque les faltaban
ojos e intérpretes, y relojes para medir todas las urgencias.)…
Sus
construcciones y juegos ligústicos invitan a la demora y para ello el autor apela
a la travesura simbólica como forma de disolver el nexo lógico que habitualmente
opera entre el significante y el significado. Hay una premeditada intención de
dislocar e inmaterializar aquello que de materia tenga el símbolo, mediante la
activación de un juego acústico y rítmico que desquicia y/o propone otros
niveles de percepción, obligando al lector a cerrar los ojos para intentar enfrentarse
un bombardeo de imágenes imposibles, a pausarse, a detenerse para inquirir o a
menos intuir algunas de las resonancias o
posibles vínculos que chispean en las conexiones
de la red sináptica, para
intentar aprehender, –al menos visualmente–, las simetrías ocultas que sugiere el
texto.
…En tenso
recorrido, la almohada empapa de espejos mis arrugas. Uno tiene que zurcir
incesantemente todas las edades desnudas del reloj…
…(En medio de la ranura del candado
sabemos que existe una vegetación flotante, un río de alas cárdenas, unos
desembarcos sumergidos de caracoles, un oloroso delirio de humanidad plena.)…
Parafraseando
a Kierkegaard, la repetición y el recuerdo, el
recuerdo y la repetición como un mismo movimiento en el juego –no dialéctico– de
los contrarios. El viaje al pasado mediante la memoria y la repetición como
ritual para la recordación hacia adelante.
Leer
y desmontar a Cruchaga puede ser discordante y paradójico. Es una invitación a
desprenderse de lo lineal como código de lectura, pero sin perder la percepción
de lo que sucede durante el desplazamiento entre un punto a otro en el tiempo,
pues es lo que permite capturar esas pausas que enhebran hechos mediados por la duración. También
es una posibilidad abierta para incursionar en un pausado, pero a la vez veloz
y simultáneo viaje de ida y vuelta. Una oportunidad para el desplazamiento progresivo
y regresivo mediante el “revivir”, “reencontrar”, “reiniciar”,
“recapitular” “retomar” o “repetir” hacia el futuro desde el aquí y ahora, mediante el yo y pasado.
…Uno lleva la
memoria de un funeral tras otro, sin que hayan cicatrizado las dilataciones:
húmedos todavía los arbustos del sinfín, no vuelven las inocencias, ni los
milagros, ni siquiera las palabras, ellas se traspapelan en las lecturas
remendadas de la extrañeza…
La
poesía propuesta por Cruchaga no es lectura para “leyentes gandules”, sino para
descifradores. E insistiendo en Søren: ”Quien
espera siempre lo nuevo pasa por alto lo que ya existe”. Cruchaga es un
poeta que a first glance genera desconcierto
y dislocación en los lectores livianos, y tal vez sea por esto que con cierta asiduidad
encontramos indolentes opiniones que ubican a la obra del autor en la “ruptura”
–entendida esta como simple mudanza paradigmática–. Ya he sugerido que el poeta
no disimula su correlación con ciertas maneras y expresiones de las Vanguardias
que son asumidas por muchos como momentos de “rompimiento”, como situaciones de
cambio, como forma de negación de la tradición anterior, pero en donde la
ilusión de lo nuevo termina siendo variaciones de lo mismo.
No
me arriesgo y prefiero calibrar los hallazgos del bardo como una poética
instalada desde la tradición, y con esto quiero decir, inscrita en las
búsquedas de los grandes temas de la literatura universal. Y aquí, a mi ver, es donde el poeta nos ofrece,
si se me permite el oxímoron: un aire fresco con aroma de ayer. Y como ya he
dicho en otros momentos: una poesía
novedosa, sin atisbos de ligamen pero ligada, llena de novedades tremendamente
viejas…
….La vida, ayer
como hoy, es un chorro de desamparos entre paréntesis; / no se encienden las
señales, sino los cascos de hedor y asfixia, /el grito sin tregua como un
caballo de ecos tendido sobre las vértebras. / Me resisto a los andamios del
asco y tal, Miguel Hernández, /sólo quiero quedarme con la Esperanza, /con su
llamita de agua encendida, / y su rosa de júbilo, así sea sobre la piedra y los
nudos / que trascienden al cardo. / Me niego a ser mamífero en la soñolienta
pizarra de los zopilotes.
De un lado, los
dientes y su arista de pórtico nutrido; / de otro, / los maniquíes y sus
cartílagos de poliéster / y los altares de oración, la ruta cercana a los
disturbios del hambre, / en punitivas voces de antropofagia, / o en lechosos
evangelios que subliman la súplica…
En
donde algunos ven ruptura, veo continuidad y evolución estilística, como lo
siguiere Salazar Torres “….Rupturas las ha habido de distintos modos, ha existido
siempre en el trayecto estilístico de las poéticas. Esa breve brecha que,
autores y académicos han nominado, sin par y genuina, es tan solo un momento de
disidencia de la tradición, un cisma que proporciona, a final de cuentas,
continuidad a su tiempo: la tradición es un presente continúo…”
En
el caso de Cruchaga, lo reconfortante y novedoso de su propuesta estética proviene
de una postura contemplativa e indagatoria ante las nuevas configuraciones donde
se desarrolla y acontece la vida, el Ser y el mundo del ahora. Sus creaciones
poéticas son dispositivos dilatorios, módulos de desaceleración, diseñados para
enfrentar la dispersión y atomización del tiempo para recomponer los andamiajes
y/o mecanismos que posibilitan dar orden y sentido al devenir, el suceder y la
trascendencia. Sus trabajos son códigos para reconfigurar las formas de
relacionamiento de lo humano con el Todo.
…(Voces de aquí y de allá lentas y
lustrosas sillas en mi aliento / camino de sombras en el costado / lentos caballos con tambor de sombras / cascos de hollín en el ápice de un relincho
/ bocas terribles frente al gruñido de
mis tripas / lentos tiempos acribillándome el olfato / cada vez es inevitable
el óxido de las semanas / las puertas sofocantes de la hilaridad / las ventanas rotas de los poros / los muchos
megáfonos del viento / esta desproporción de los verdugos en mis coyunturas…)…
Sugiero
al lector poner distancia de lo epigonal en la estilística de este autor, en
tanto, los recursos y procedimientos
arquitectónicos para dar estructura al poema no han variado ni variaran en sus
aspectos composicionales –al menos que
reparemos de algún modo los códigos de lectura en
boga y la minusvalía teórica de la literatura–. Por supuesto que hay un uso de viejos
recursos; la asimetría semántica del significante, los quiebres de sentido, la
disonancia, la polifonía, la polisemia, el sentido inverso de la metáfora, la
sinonimia, el despliegue lingüístico, entre otros. Y estos recursos, son los que son, ¿y qué?
Lo
diferente en Cruchaga radica en su potente y extraño sentido de simbolización, en
su portentoso acervo idiomático, en su notable flexibilidad creativa. Hay en
este autor incontenibles manifestaciones
del Eros como impulsos de vida y una sorprendente capacidad para la activación imaginaria,
que es, desde donde el poeta salvadoreño teje uno y todos los mundos posibles e
imposibles, interiores y cósmicos.
…Me
conmueven los objetos perdidos dentro de la almohada, la encogida de hombros
cuando atardece, el pájaro rimado de la mueca…
…Abro
la tumba ciega de mi pecho / el mar roto de mis alas / la tierra ardida de mi sombra / la arquitectura de mis huesos / los miedos silentes del hollín en el candil
/ —alguien comerá con mi esqueleto esta
noche un siglo de guacales rotos en mis
párpados / un río atajado en mis ojeras unos nombres enredados en mi saliva que
jamás pude olvidar…
También
hay en Cruchaga un posicionamiento filosófico ante la angustia. Postura derivada,
quizás, de lo que el poeta presiente e intuye al estar experimentando un
presente sin rumbo que ha entronizado una cultura de negación de la muerte, en un
sistema donde la incomunicación colectiva es aniquilada para dar cabida a seres
que operan únicamente desde el yo, y donde la vida parece no trascurrir, sino
más bien, simular un presente absoluto. Nada comienza y nada termina. Todos los
momentos son iguales.
…procuro
dormir en el ojo del sinfín esta tierra sumida en la agonía acaso exhausta
identidad con los tiempos imprecisos alguna
vez después de transitar la madera quiero dibujar la monotonía y escupir en los
demonios de saliva que perviven en medio de la hojarasca…
…pesadillas de siglos flotando en la
conciencia formas del aliento cargadas de gotas desprendidas del sinfín…
En
Sepulcro
de la Tierra encontramos condensados todos los recursos acostumbrados por
el poeta, –no podría ser de otra forma–, pues hablamos de un autor que ha
llegado al afianzamiento de su
estilística, a la consolidación semántica y arquitectónica de sus
procedimientos composicionales que constituyen su vigente y particular voz
poética. Su acervo instrumental y el domino del mismo lo posibilita, sin duda
alguna, a desplegar su inventiva, su imaginación y a soltar las rienda de sus
obsesivas búsquedas. Bastará con sumergirse en los diversos tópicos abordados
por el poeta en propuestas como “Cuervos
Imposible”, “Vacio habitado” o “Ecología del manicomio” para entender lo
que he denominado como pensamiento flexible. Pero, ¿qué es lo que busca el poeta en Sepulcro
de la Tierra?, y más importante aún, ¿cuáles son sus
hallazgos? Esto necesariamente será algo que cada lector descifrará
enfrentándose a la lectura de esta colección de 141 artefactos.
Sepulcro
de la Tierra es
un canto que alude al desencanto. Hay entre su líneas desesperanza y
aturdimiento, cansancio y hastío, dolor por los síntomas de la vida en
descomposición, desilusión de
país, impotencia y desesperanza. Sepulcro de la Tierra es una
propuesta pesimista, sí, pero quizás no del todo desesperanzadora. En lo
particular, parto de que cuando hablamos de poesía, hablamos de mensajes
cognitivos. Lo que nos lleva a profundizar en procesos mentales –lenguaje /
percepción / memoria–. El acercamiento semiótico de lo funerario obliga a situarse
en la necrópolis –cuidad de muertos- país como monumento fúnebre. El poeta ve,
siente, formula y grita ante lo que ve. Cuando una sociedad no arregla sus
problemas, los problemas no se arreglan. Distorsionado a Rozitchner diríamos que
cuando la sociedad no sabe qué hacer, la poesía se manifiesta y crea. André
Cruchaga es un pensador de la muerte. Pienso entonces en Heidegger, pienso en
los versos de Hölderlin que su hijo pronunciara sobre su tumba.
¿Quién
y qué en medio del infierno, no es infierno? ¿Cómo distinguir entre lo real y
lo alucinatorio? Cruchaga es un poeta que viaja entre el ayer y el ahora, entre
la vigilia y el sueño, un sonámbulo consciente y “dilatante” que se levanta
para construir pausas en el tiempo y enhebrar sucesos.
Evoco
a Ítalo Calvino: “Se sabe que el infierno
existe, se sabe que formamos parte de él”. Si perdemos la esperanza al
menos nos queda la pasión, esa fuerza que nos impulsa a descubrir”.
Melvyn Aguilar
9 de enero de 2012
Latitud:
13.69,
Longitud:
-89.19 13° 41′ 24″ Norte, 89° 11′ 24″ Oeste