martes, 6 de febrero de 2018

PLUJA DEL COS

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PLUJA DEL COS




El camino de tierra que conducía al manicomio
se despliega otra vez como los ojos…
Roberto Bolaño




Crema la pluja del cos,
—mocadors esbocinats d’aquest onatge
de traginar enmig d’antigues identitats;
consumeix des de la finestra dels porus,
hostessa la sal que bressolà les violes del cansament
i la desconfiança;
també el dubte ha saltat del seu recinte d’ombres,
els paraigües vedats del fullatge:
la realitat sempre és una altra,
i no la que veuen els nostres sentits,
per això hi ha la confusió
i de sobte s’allarguen les distàncies,
les parets de l’insomni,
el sutge del desvetlament amb la seua seqüela de capells mortuoris,
o el manicomi amb mosques i desigs.

—Potser haurem d’entendre la pluja amarga de la garrotxa,
desxifrar el sagnat somort de l’arna,
entendre la fugacitat del vent,
dir-li adéu als dies que cauen com castell de naips.

Sempre resulta difícil ensenyorir-se de la llum
de les finestres,
desxifrar els missatges del penediment,
no permetre que els records convertesquen en sal el calendari,
ni en sutge el treball diari del temps.

(Davant de l’adversitat,
són necessaris trossets de paciència; davant de l’insensible,
el millor antídot és la indiferència:
així he eixit de la follia
i bec dels manuals que escriví al costat de l’espill.
Encara que, per descomptat, no hi ha receptes,
ni art culinària que valga
per a burxar els ulls de cavalls infinits
o llevar les màscares que pul·lulen com éssers normals
al carrer de tots els dies.
Evite la pruïja de les ànimes contrites:
pense en la fetidesa del cel:
ja abans, l’ambigüitat atià els meus sentits;
l’irracional mossegà les cortines de l’alé.
Descobrí els significats esvanits dels cèntims
amb un grapat de terra en la boca.
Mai no ha sigut fàcil entendre l’ADN de la llum,
el gris de les paraules amb olles de dolços,
l’arc del cel a punt de ser daga.
A temps he descobert el xip de les simulacions,
l’inconscient anterior a l’escriptura.)

Ara he d’entendre l’homicidi de cada dia:
aquell grapat de relativismes que la gent comuna no entén;
transitar les magnificències del futur
amb aquests pensaments fundamentalistes dels cantons:
sovint esbiaixem la lluita
diària amb la intriga;
ens persignem, però enverinem
amb el desastre els propis pensaments.

Després de tanta colpidora violència,
l’únic que desitge és una lluna midonada sense naufragis,
el sossec despullat de filferros
i d’altres materials menyspreables.
(Potser una gavina o una amant que em recorde l’últim
orgasme rigorós al besllum de qualsevol saviesa.)

Ha arribat el moment de dir adéu a tot malson:
Els sorolls en comptes dels esclats;
la ficció en comptes del real.
(Suporte la mort, però també aquestes ganes d’abraçar-te.)

Tot ha sigut atroç: amb el sarcasme,
el pit vençut pel fum;
al costat de la xarxa dels pescadors la podridura de les estacions,
els cels filtrats en les andanes,
la pell mossegada pel desmai.

(Creix la pluja en els nostres vastos sentits i també,
emmalaltim de xiprers i gebrada:
sense flassada vaig reptant a les teues nines amb la desmesura
de l’indi enmig de les mans.)

Poema d’ANDRÉ CRUCHAGA traduït en català per PERE BESSÓ





LLUVIA DEL CUERPO





El camino de tierra que conducía al manicomio
se despliega otra vez como los ojos…
Roberto Bolaño




Arde la lluvia del cuerpo,
—despedazados pañuelos de este oleaje
de trajinar en medio de antiguas identidades;
consume desde la ventana de los poros,
huésped la sal que meció los alelíes del cansancio
y la desconfianza;
también la duda ha saltado de su recinto de sombras,
los vedados paraguas del follaje:
la realidad siempre es otra,
y no la que ven nuestros sentidos,
por eso existe la confusión
y de pronto se alargan las distancias,
las paredes del insomnio,
el hollín del desvelo con su secuela de sombreros mortuorios,
o el manicomio con moscas y deseos.

—Quizás debamos entender la lluvia amarga de la breña,
descifrar el sangrado mortecino de la polilla,
entender la fugacidad del viento,
decirle adiós a los días que caen como castillo de naipes.
Siempre resulta difícil adueñarse de la luz
de las ventanas,
descifrar los mensajes del arrepentimiento,
no permitir que los recuerdos conviertan en sal el calendario,
ni en hollín el trabajo diario del tiempo.

(Ante la adversidad,
son necesarios trocitos de paciencia; ante lo insensible,
el mejor antídoto es la indiferencia:
así he salido de la locura
y bebo de los manuales que escribí junto al espejo.
Aunque desde luego, no hay recetas,
ni arte culinario que valgan
para atizar los ojos de caballos infinitos
o quitar las máscaras que pululan como seres normales
en la calle de todos los días.
Evito el prurito de las almas contritas:
pienso en la fetidez del cielo:
ya antes, la ambigüedad atizó mis sentidos;
lo irracional mordió las cortinas del aliento.
Descubrí los significados desvanecidos de los centavos
con un puñado de tierra en la boca.
Nunca ha sido fácil entender el ADN de la luz,
el gris de las palabras con piñatas,
el arco iris a punto de ser daga.
A tiempo he descubierto el chip de las simulaciones,
el inconsciente anterior a la escritura.)

Ahora debo entender el homicidio de cada uno de los días:
aquel puñado de relativismos que la gente común no entiende;
transitar las magnificencias del futuro
con esos pensamientos fundamentalistas de las esquinas:
a menudo sesgamos la lucha
diaria con la intriga;
nos persignamos, pero envenenamos
con el desastre los propios pensamientos.
Después de tanta violencia desgarradora,
lo único que deseo es una luna almidonada sin naufragios,
el sosiego despojado de alambradas
y otros materiales deleznables.
(Quizás una gaviota o una amante que me recuerde el último
orgasmo riguroso al trasluz de cualquier sabiduría.)

Ha llegado el momento de decirle adiós a toda pesadilla:
los ruidos en vez de los destellos;
la ficción en vez de lo real.
(Soporto la muerte, pero también estas ganas de abrazarte.)

Todo ha sido atroz: junto al sarcasmo,
el pecho vencido por el humo;
junto a la red de los pescadores la podredumbre de las estaciones,
los cielos filtrados en los andenes,
la piel mordida por el desmayo.

(Arrecia la lluvia en nuestros vastos sentidos y también,
enfermamos de cipreses y escarcha:
sin cobija voy reptando a tus pupilas con la desmesura
del índigo entre las manos.)

Barataria, 2011
Del libro “TRASPATIO”, 2011 (inédito).
© André Cruchaga

sábado, 3 de febrero de 2018

ARS MORIENDI, LA FORMA DE SU HUIDA*

Teresa Moncayo,
Escritora y prologuista de Ars moriendi






PRÓLOGO



ARS MORIENDI, LA FORMA DE SU HUIDA*
PRÓLOGO

Teresa Moncayo.
               La poesía de André Cruchaga no está basada en la forma sino hecha de pedazos de sentimientos y trozos de vida arrancada de su alma. En sus versos declara desterrar la máscara de aquéllos que agitan banderas y proclaman justicia, nos dice desde su debilidad básica de poeta “la sombra del tiempo que nos ha hecho renunciar al paraíso”. No hay versos que indiquen y que indignen más que esta reveladora afirmación. Por lo que su sentimiento se asemeja al ideal político de Unamuno tratando de contribuir a la formación de la conciencia y que se fija como un núcleo a lo largo de su vida, despejando en cada uno de sus lectores la noción de hombre libre dentro de un escenario grotesco donde los arribistas se interesan sólo en que sus honores sean considerados y además, hecho público. Una actitud propia también de Antonio Machado que da la mejor lección de dignidad de la política (siguiendo éste el modelo de Descartes).  ¿Qué nos propone André Cruchaga?. Hacer poesía en medio de la ciénaga (como sustancia estancada) mientras pisamos la yerba que oculta el espacio florido. La contradicción como una atalaya inexpugnable que viene a extenderse y a unificarse mientras hallamos la verdadera identidad del hombre. En este sentido André es un poeta comprometido a través de sus versos (metáforas que se hacen ver por en medio de las rendijas abiertas) buscando tal vez la revelación de la palabra. Y llegado a este punto, me pregunto si nuestro poeta es un revolucionario o un místico?, esencialmente. La respuesta nos la da él mismo: “me encantaría ser el insecto imaginario del arco iris; flotar en la misma tinta del vuelo”… Es el lenguaje usual de Cruchaga, revestir los pensamientos de las más exquisitas metáforas irrumpiendo en su vuelo los contrastes de las sombras atravesando los cementerios:

                                  Escribir sobre lápidas, los fragmentos
                                  De mis propias ausencias”.

          Siempre el verbo flameante hasta el delirio; viviendo al límite del aire, de los duelos, de los adioses; respirando las palabras, los sueños y los silencios frente al espejo (como símbolo de equidad en un país de desigualdades). Los silencios hablan y, a veces, contradicen a la palabra, atraviesan y descienden escalinatas y caminan sobre inscripciones fúnebres. Y le sirve al poeta para  conectar con esa fuerza creadora que se convierte en un canal directo para su creación, donde la conciencia capta lo que existe en profundidad, por encima de otras capas aparentes. Pueden ser aposentos para descansar o pueden devorar las larvas de la palabra o, como dice André, “los silencios nos va dejando una camisa de cicatrices”. No en vano nuestro poeta va desplazando hábilmente los velos que cubren el nuboso horizonte y las horcas (como figuras retóricas) que se mueven en un plano superior y, desde ese ángulo, advierte la necesidad de una primavera abierta a las bellas prácticas:

                                 “Necesito claridad de luces,
                                  Librerías de entusiasmados estantes,
                                  Alacenas con estrellas”.

          El eco de la luz en su vuelo no alcanza sino a ser derribado por el “eterno pellejo de un país abandonado”. André sostiene en su hálito el propio color del invierno y los silencios amanecidos. Y golpea con versos las losas grises en un paisaje horadado (taladrado de parte a parte). Y se pregunta con esa punzada que corta la alegría ¿dónde están los vientos cálidos, dónde los pájaros, dónde los caminos sin riesgos?. Mientras le suena la voz del único enemigo auténtico, como un aviso de ultratumba, como una bruma que todo lo cubre, y que sustituye como un engendro a los ausentes arco iris, a la atalaya de libélulas (en el sentido figurado). La palabra es necesaria para liberar emociones y ansiedades, y para no llegar a los brazos de la provocación como una manifestación inesperada. Y dentro de ese tiempo sostenido, André aspira a ahuyentar a las sombras, “al viento amargo, a la congoja de un país que se comió los colores”.

          Renacer con los claroscuros como un inicio de combatir la rigidez corrupta, de sacudir el tedio, de prescindir de ese concepto de abuso de poder (habitual en nuestra sociedad) a través de distintos mecanismos de coerción. Y ese es el goce extraño por el que nuestro poeta enciende antorchas en la vastedad de sus poemas escoltados siempre por la multitud de metáforas que reviste a los verbos, a veces, con mágica hermosura y, otras, con extraños engendros. Pero siempre desde la óptica de la razón y desde la idealidad. Una contradicción que hilvana con puntadas certeras y con conceptos bien clarificados (ya sea entre los dominios majestuosos de las alegorías y la realidad más efectiva). Todo se integra en ese ejercicio de vida atormentada de patria, de amores, de coherencia y de locura. Arrastramos nubes de polvo negro (como sustancia viscosa), campanas de pullas y sacudimos lirios en las úlceras; invertimos la luz que se aleja de puntillas y sembramos sonrisas de plástico, los discursos simbólicos, la ceremonia del entierro. Y las emociones se disparan y se diluyen como una guirnalda de amaranto, como un símbolo de amor y de muerte. Porque la masticamos como un enemigo que vigila a su presa. ¿Quién puede sostener este proceso?, dejar ese siniestro influjo que nos arrastra por rutas desconocidas ¿oscuras o azules?. Las leyendas cristianas prometen una existencia feliz (Shakespeare en Hamlet), lo contrario de las leyendas antiguas (Odisea de Homero) ¿hacía dónde vamos?. Según Vicente Huidobro, en Arte poética:

                                        Que el verso sea una llave
                                        Que abre mil puertas.

Según Rubén Darío en “Lo fatal”:

                                        ¡Y no saber adónde vamos
                                        Ni de dónde venimos!...

          André se asoma a una visión irónica y desencantada, al igual que las búsquedas de éstos, como ocurre en la “Epístola a la señora de Leopoldo Ligones”. Pero nuestro poeta no tiene contradicciones vitales a pesar de integrarse en la poesía Modernista.

          Hay muchos elementos superfluos que avanzan como noctámbulos en su madrugada llena de astillas y que se manifiestan visibles en la metáfora como una amenaza en el horizonte. Y donde a veces necesita encontrarse con la idea súbita de su acabamiento. Una imagen impulsiva y brutal:

                  Siempre estoy de paso respirando las palabras que van conmigo
                  Sobre todo cuando no hay razones para quedarse.

          Una manera de hacer un alto al fuego al enemigo. Él no conoce el olvido y no justifica la existencia de tantos muertos, de aquéllos que no pudieron hacerse viejos porque no lo dejaron (a pesar de la resistencia). “En las estaciones hay otros ojos moribundos iguales  a los míos”.

          Y rememora los días en el abrazo del alba, el brote de las ramas, la lluvia copiosa en las maderas, el camino de las palabras, la lumbre de ocote…

          André Cruchaga no es indiferente a las tempestades, a aquéllas tormentas de niebla que le da un rumbo de tristeza, a aquéllas ataduras de la conciencia que lo mantienen en constante vigilia, a las enredaderas de piedras y a la vida que se vuelve escombro. Y asume que hay demonios y escapularios y ríos desvelados y lagunas de cielo. Siempre las paradojas en su anónimo espejo. Y los sueños como una necesidad de sobrevivencia:

                Al otro lado del mar la espuma amarilla de la deshora, mientras
                Brota el malecón mojado de luciérnagas.

          En estos versos nos descube su carácter intimista y lírico por esa búsqueda de paisajes exóticos (propio de los románticos) auque no se caracteriza por la evasión de la realidad. Pero sí se hace presente la melancolía que le da un nuevo valor a su escritura.

          Desde su HUMILDAD nos ofrece una perspectiva filosófica que tiene mucho que ver sobre su noción del Ser, en este sentido su pensamiento está muy cercano al de Antonio Machado, ambos tienen una voz afortunada y los dos se abren al simbolismo francés, también otros poetas sintieron la necesidad de aliarse a este movimiento (Verlaine, Mallarmé, Darío, Juan R. Jiménez…). Al filósofo se le puede pedir el esfuerzo de la claridad, pero no al poeta. No significa que Cruchaga no lo sea porque en el fondo, él modifica su experiencia a su realidad y es ahí donde halla sus equivalencias verbales para expresar sus estados de ánimo. Y eso presupone derrames de sangre sobre la tinta y atravesar el arco iris… Siempre las contradicciones que se establece en el recorrido del poema:

                      La niebla pasa persuasiva sobre las sienes,
                      Los días de páramo hacen lo suyo en el dintel, el espacio
                      De la respiración con sus árboles crecidos avanza el tiempo.

          Para Cruchaga la noche es un referente de “sombras perversas” donde la respiración encuentra los caminos cerrados y donde la memoria está en medio del cieno:

                      Ya he caminado largos vuelos de ojos nocturnos. Los párpados
                      Quemados en la hoguera, los dedos llagados de tantas aceras,
                      El tinte profundo del presagio.

          Y el interrogante como una constante en su poesía: ¿”Cómo sobrevivimos a esta deslucidez” me pregunto”?. La respuesta (según él mismo) son variadas y entre ellas: “No entiendo tanta perversidad encallada en la respiración”.

          Él podría enseñarnos sus emociones, podría conquistar y reconquistarnos con sus versos, sorprendernos con las metáforas, impulsarnos con sus destellos de luz y de sombras, influenciarnos con su temática, emborracharnos de ritmo y vapulearnos con su lenguaje. Pero seguiremos desvistiendo a aquéllas imágenes hasta dejarlas vírgenes. Lo cual significa que su espíritu se encuentra entre sus más íntimos lectores. A pesar de aquellos pensamientos hondos no revelados. A pesar de su huida ante las multitudes. A pesar de su silencio (siempre habrá una ventana abierta, un espacio clareado) por donde podamos deleitarnos con esa pureza metafórica, a veces, difícil de dominar. A pesar y, aunque él insiste en que “prefiere el camino llano del surco, el arroyo en la cópula íntima y que huela a tierra la espiga”. Y para dejarnos aún más desconcertados, añade: “busco la sencillez de las palabras y no ese pasadizo de túneles secretos”. Por lo que fundimos el conceptismo con el culteranismo y encontramos una mezcla de idealismo y realismo donde André practica siempre la poética del ingenio conceptual, como pinceladas de armonía en cuya mixtura aparece el reflejo deslumbrante y la angustia emocional como dos signos o trazos que nos permite conjeturar sus estados de ánimos, sus arrebatos testimoniales su defensa a ultranza de su país que lo rompe por dentro: “en el silencio del cuerpo, en la altura del lecho de los ríos, muero, es un ir a diario, tocando la hora de las puertas”.

          Los símbolos se vuelven grises, los ecos sepultados, las figuras míticas postergadas en las sombras. Si acaso describir tus poemas es embarcarse en una metáfora?. Y dónde la parte soñada?. La aventura para introducirme en tu memoria y hallar sólo residuos de realidades rotas, de viajes ahogados. Y sonreímos irónicamente para no desfallecer e intentar reconquistar algo bello de ese fondo (si quedara). El horizonte nos ofrece caminos para conquistarlos, azules horizontes complejos e inexplorables. A veces como un monstruo que se desplaza como un río de aguas turbias. Y otras, como un lecho de espumas blancas (todo se deshace, como el hielo en la cálida tarde o, haciendo uso de la hipérbole, también el estado de ensoñación). Siempre los ecos y los espejos (según Machado) "son ojos ciegos que miran los ojos con los que veo" o, según Octavio Paz "el espejo que soy me deshabita". "En realidad, nada queda de los años". André se mide con su propia fuerza sin otro pretexto que fortificar su alma frente al Judas de la muerte que le sacude por dentro como un vendaval que lo dejara deshecho: “toca morder la piedra en el trasfondo de la esperanza, librar todas las batallas terrenales”. Y como una rueda de emociones va girando su espera a la muerte, a esa sombra que se prolonga por la vertiente de tantos perfiles. Acaso librar esa batalla es una excusa para dar vía libre a sus versos?. Sería como mandar a los guerreros a una guerra dudosa…, agregar el cuerpo mutilado la prueba cierta. Los versos con la sangre derramada por cada costal de la metáfora. Por cada figura retórica. Y el poeta en la vertiente del ritmo, en la cima de la rima, en la certera medida, en las deslumbrantes sílabas: “aquél hechizo en las manos, desnuda la escalera de la agonía, la hora infeliz de la escritura”:

                           Abro la caja negra donde está mi cuerpo
                                (como simbología del infierno).

     De esta manera desarrolla André Cruchaga sus pensamientos, con un prestigio excepcional que lo sitúa en la primera línea de los poetas latinoamericanos. Con un inmenso número de publicaciones de poemarios  que son como alas que sobrevuelan los vientos (a veces con derrames de sangre en sus alerones).


*la forma de su huída”, verso de Juan Ramón Jiménez.        

jueves, 25 de enero de 2018

PARAULES A LA FINESTRA

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PARAULES A LA FINESTRA




L’aire respira en el gira-sol dels ocells
—ací on les fulles
no tenen límit en els rellotges,
ni cansament:
l’horitzó en les mans i en les palpebres aquesta terra
afonada en l’argent viu de míseres boques
—les proclames esglaien
el vaivé de la sang
i desvetllen el pit i les parcel·les de la carn.

No hi ha mans que despullen catedrals verdes,
ni atifells per a mitigar
el fred que acampa en els porus
—no hi ha mans la faena de les quals
obra solcs i el gra inaugure refilets o simplement endevinalles
on l’alba, —arribada— salte d’alegria.

Mentre m’empara el teu riure calent en els meus ulls,
el finestral em deixa
veure la teua cabellera fosca en el silenci del meu somni. 
—llaure en mi nòmada
ofici de palpebres,
les paraules són aquesta finestra que obri la teua cara;
les finestres,
el cerç del teu coll fundant el meu aliment.

En el teu cos volen guitarres de cel
—aquest que dempeus està ferit:
pol·len de un navili intens, forma de la foguera
en la meua arquitectura, oceà en el meu pit:
—aigua redona en les meues paraules.
Els teus braços en el litoral de la finestra,
la boca on es fa l’hivern
i després baixa al rierol de l’espiga de l’olfacte.
Des d’aquesta finestra que sempre ens veu,
mirem el bosc,
les palpebres lletregen sabates,
l’olor de la pell trashumant
puja als mocadors del cel
i gira com una virolla en la saliva.

Ara les paraules són espills plurals,
espills i aigua,
ací on de sobte ens tornem figures a l’oli. 

Sense cap dubte la pluja revifa els nostres records.
(Cada vegada es mullen els cantons del meu alé
i el caminar de la meua memòria.)

La pluja en els pins,
el riu en els cedres
o els bancs en els arrels dels eucaliptus.

Ací on l’ull naix en la teua muntanya i la sal no fereix
ni violenta la fam que entumeix al món.
La nostra set no té dols,
ni és fauna per a museus.
(Per bé que la metamorfosi del llit tinga una altra empunyadura,
I les parpelles se gasten en les vidrieres.)

Nosaltres hem sigut part d’aquesta migració d’ombres:
la guerra cremà l’aire dels nostres ulls;
després la pau que mai no vingué,
després els repetits vaivens del mercat global,
després, ací, —tu i jo—
volent comprendre el goig entre ressons
i llocs de desplaçats
—espigues ofegades en ombres,
veritat atroç
que enderroca murs i no fa més diàfana la paraula.

No sé si un dia trencàrem les cadenes dels himnes
—Nasquérem?
Plou encara als nostres costats:
aquesta pluja amb sol damunt de les pedres.
(El foc és convuls en les pulsacions enreixades.)

El temps ens ha fet viure l’oblit de les paraules
o la pàgina en blanc als carrers.
De tant oblit, l’oblit
ha esdevingut aquesta memòria habitada als meus llençols.
—Aquesta memòria
que hui em mira en la finestra
com un quadern tremolós de la infància.
De tant caminar i mirar cares als carrers
i parcs,
només veig
bullir els teus ulls en la llum tèbia de les meues nines.
—ulls i nines inexpugnables
en un temps on preval
l’entertainment a l’estil hollywoodenc.

No som dic —tu i jo— aquest temps, ni els efectes
de Kingdom of Heaven.
Som en aquesta història,
més la sal de Job, que no qualsevol dia transitori:
en la transparència del sol parla el teu cos
—llum sonora en el tacte
de les meues paraules on el fruit es fa visible en els meus porus:
llum en la meua gola com un altre cel en la meua finestra…
—Així, senzillament,
llum ascendint sense vestit al meu cos.

Poema d’ANDRÉ CRUCHAGA traduït en català per PERE BESSÓ





PALABRAS EN LA VENTANA




El aire respira en el girasol de los pájaros
—ahí donde las hojas
no tienen límite en los relojes,
ni cansancio:
el horizonte en las manos y en los párpados esta tierra
hundida en el azogue de míseras bocas
—las proclamas asustan
el vaivén de las sangre
y desvelan el pecho y las parcelas de la carne.

No hay manos que desnuden catedrales verdes,
ni aperos para mitigar
el frío que acampa en los poros
—no hay manos cuya faena
abra surcos y el grano inaugure trinos o simplemente acertijos
donde el alba, —llegada—  salte de alegría.

Mientras me arropa tu risa caliente en mis ojos,
el ventanal me deja
ver tu cabellera oscura en el silencio de mi sueño.
—aro en mi nómada
oficio de párpados,
las palabras son esa ventana que abre tu cara;
las ventanas,
el cierzo de tu cuello fundando mi alimento.

En tu cuerpo vuelo guitarras de cielo
—ese que en pie está herido:
polen de un navío intenso, forma de la hoguera
en mi arquitectura, océano en mi pecho:
—agua redonda en mis palabras.
Tus brazos en el litoral de la ventana,
la boca donde se hace
el invierno
y luego baja al arroyo de la espiga del olfato.
Desde esa ventana que siempre nos ve, 
miramos el bosque,
los párpados deletrean zapatos,
el olor de la piel trashumante
sube a los pañuelos del cielo
y gira como un trompo en la saliva.

Ahora las palabras son espejos plurales,
espejos y agua,
aquí donde de pronto nos volvemos figuras al óleo.

Sin ninguna duda la lluvia aviva nuestros recuerdos.
(Cada vez se mojan las esquinas de mi aliento
Y el andar de mi memoria.)
La lluvia en los pinos,
el río en los cedros
o los bancos en las raíces de los eucaliptos.

Aquí donde el ojo amanece en tu montaña y la sal no hiere
ni violenta el hambre que entumece al mundo.
Nuestra sed no tiene duelos,
ni es fauna para museos.
(Aunque la metamorfosis de la cama tenga otra empuñadura,
Y los párpados se gasten en las vidrieras.)
Nosotros hemos sido parte de esa migración de sombras:
la guerra quemó el aire de nuestros ojos;
después la paz que nunca vino,
después los repetidos vaivenes del mercado global,
después, aquí, —vos y yo—
queriendo entender  el júbilo entre ecos
y lugares de desplazados
—espigas ahogadas en sombras,
atroz verdad
que derriba muros y no hace más diáfana la palabra.

No sé si un día rompimos las cadenas de los himnos
—¿Nacimos?
Llueve todavía en nuestros costados:
esa lluvia con sol sobre las piedras.
(El fuego convulsiona en las pulsaciones enrejadas.)

El tiempo nos ha hecho vivir el olvido de las palabras
o la página en blanco en las calles.
De tanto olvido, el olvido
se ha vuelto esa memoria habitada en mis sábanas.
—Esa memoria
que hoy me mira en la ventana
como un cuaderno tembloroso de la infancia.
De tanto caminar y mirar caras en las calles
y parques,
sólo veo
bullir tus ojos en la luz tibia de mis pupilas.
—ojos y pupilas inexpugnables
en un tiempo donde prevalece
el entertainment  al estilo hollywoodense.

No somos digo —vos y yo—  ese tiempo, ni los efectos
de Kingdom of Heaven.
Somos en esta historia,
más la sal de Job, que cualquier día transitorio:
en la transparencia del sol habla tu cuerpo
—luz sonora en el tacto
de mis palabras donde el fruto se hace visible en mis poros:
luz en mi garganta como otro cielo en mi ventana…
 —Así, sencillamente,
luz ascendiendo sin vestido a mi cuerpo.

Barataria, 10.XII.2008
Del libro “CUERPO DE POSTRIMERÍAS”, 2008 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

miércoles, 24 de enero de 2018

MEMÒRIA CONSUMADA

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MEMÒRIA CONSUMADA




De súbito comprendo que ni ahora ni luego
arrancaré mi nombre al merecido olvido.
Gastón Baquero





La memòria ens torna el que el temps s’emporta.
Així, el perdut es recobra i només es crema l’inservible:
—això que no obrin ocells ni incendien de cerç les finestres.
Entre les palpebres,
el món es torna un diccionari d’ecos;
en cada rètol la paraula fa el seu ofici
—ací els noms no tenen garanties:
la pols o el fum els torna dubtosos i borrosos.
El vent excava paraules en la memòria
—les paraules criden en el túnel
contemplatiu dels rostres.
La memòria flameja com una bandera
sobre la hipnosi de les ones.
La set pel món llegeix portes,
dibuixa camins i sil·labeja mirades:
el got del calendari mulla l’alteritat del món
—la llengua de la història, aquesta forma de llançar projectils
en l’aigua, aquesta forma de l’aigua,
fonda en les temples…

Sobre els rails de la memòria salta un sens nombre d’esquerdes,
els colps fúnebres del planeta,
vaixells d’ombres que ningú no nomena.
En les nits les palpebres obrin la hipotenusa de les palpebres;
les claus són un esquer per a veure la llum en la frontera dels cecs.
La memòria copia les paraules transitòries de la realitat
o el destemps en un joc de naips.
En el dia les voreres besen dissonàncies de llampecs,
els espills de la son
o la llanterna que s’apaga en el rostre més adust.

Així aprenem la sintaxi de l’aire i la mètrica de les pedres.
(Aisí buidem els oblits que ens vencen, les branques
de silenci a les vores de la nit.)


Amb aquestes lliçons
escrivim epitafis i llancem estels a la gespa.
En les guies de consum s’inclouen petits tips
per a catalogar els somnis
—amb les mans invisibles del vent;
després un entra en el tràngol que modelen aquests pensaments:
—un món de marea i escuma, sense arrels,
en cada carrer.

Amb la memòria desenfundada un s’adona
dels homicidis,
en els infants que s’han perdut explorant formes,
sostres,
mans,
faules de viatges inexplicables,
conclaves buits de paraules,
cementiris els cercles del qual ens fan morir sense redimir-nos.

De vegades la memòria toca la vida.
El que la carn oblidà,
ella ho espolsa.
El que la litúrgia oblida en el seu hàbit sagrat,
ella ho torna coixí,
i un present de llençol memoriós.
El que el present hereta dels horaris,
ella ho torna fumejant foguera.
I així el calendari en la seua flama,
es torna buganvilla. (O ferides en el desmai del sanglot.)
De vegades la memòria reconcilia els afluents del destí:
en aquest pou de l’ofici de la vida;
el paisatge d’un resta tutelat
fins a ser habitat de nou pels mocadors de l’anhel.

I en ser així,
foc vehement,
m’embarque de vegades en la seua vela:
els vitralls del paisatge es tornen proverbials
—hort resguardat
l’alé i, si de cas, finestró de l’arcà.
…
La memòria, i la seua broma i tot,
és de sobte una flor en el somni.

Poema d’ANDRÉ CRUCHAGA traduït en català per PERE BESSÓ




MEMORIA CONSUMADA




De súbito comprendo que ni ahora ni luego
arrancaré mi nombre al merecido olvido.
Gastón Baquero




La memoria nos devuelve lo que el tiempo se lleva.
Así,  lo perdido se recobra y sólo se quema lo inservible:
—eso que no abren pájaros ni incendian de cierzo las ventanas.
Entre los párpados,
el mundo se vuelve un diccionario de ecos;
en cada rótulos la palabra hace su oficio
—ahí los nombres no tienen garantías:
el polvo o el humo los vuelve dudosos y borrosos.
El viento excava palabras en la memoria
—las palabras gritan en el túnel
contemplativo de los rostros.
La memoria flamea como una bandera
sobre la hipnosis de las olas.
La sed por el mundo lee puertas,
dibuja caminos y silabea miradas:
el vaso del calendario moja la otredad del mundo
—la lengua de la historia, esa forma de lanzar proyectiles
en el agua, esa forma del agua,
honda en las sienes…

Sobre los rieles de la memoria saltan sinnúmero de grietas,
los golpes fúnebres del planeta,
barcos de sombras que nadie nombra.
En las noches los párpados abren la hipotenusa de los párpados;
las llaves son un señuelo para ver la luz en la frontera de los ciegos.
La memoria copia las palabras transitorias de la realidad
o el destiempo en un juego de naipes.
En el día las aceras besan disonancias de relámpagos,
los espejos del sueño
o la linterna que se apaga en el rostro más adusto.

Así aprendemos la sintaxis del aire y la métrica de las piedras.
(Así vaciamos los olvidos que nos vencen, las ramas
de silencio a orillas de la noche.)

Con estas lecciones
escribimos epitafios y lanzamos estrellas al césped.
…
En las guías de consumo se incluyen pequeños tips 
para catalogar los sueños
—con las manos invisibles del viento;
después  uno entra en el trance que modelan esos pensamientos:
—un mundo de marea y espuma, sin raíces,
en cada calle.

Con la memoria desenfundada uno cae en la cuenta
de los homicidios,
en los niños que se han perdido explorando formas,
techos,
manos,
fábulas de inexplicables viajes,
cónclaves vacíos de palabras,
cementerios cuyos círculos nos hacen morir sin redimirnos.

A veces la memoria toca la vida.
Lo que la carne olvidó,
ella lo desempolva.
Lo que la liturgia olvida en su hábito sagrado,
ella lo hace almohada,
y un presente de memoriosa sábana.
Lo que el presente hereda de los horarios,
ella lo vuelve humeante hoguera.
Y así el calendario en su flama,
se torna buganvilla. (O heridas en el desmayo del sollozo.)
A veces la memoria reconcilia los afluentes del destino:
en ese pozo del oficio de la vida;
el paisaje de uno queda tutelado
hasta ser habitado de nuevo por los pañuelos del anhelo.

Siendo así,
fuego vehemente,
me embarco a veces en su vela:
los vitrales del paisaje se vuelven proverbiales
—huerto resguardado
el aliento y, acaso, postigo del arcano.

La memoria, con todo y su bruma,
es de pronto una flor en el sueño.

Barataria, 02.XII.2008
Del libro “CUERPO DE POSTRIMERÍAS”, 2008 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga