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martes, 22 de mayo de 2018

POESÍA SIN ANESTESIA

© André Cruchaga





(Reseña)

POESÍA SIN ANESTESIA



Por Juan Calero




Después de haber leído Calles/ Carrers, de momento, su penúltimo y bellísimo libro, ¿qué nos puede deparar André Cruchaga tras el título en latín Ars Moriendi?
                                                                       
Para conocer la obra de uno de los poetas más significativos de nuestros tiempos, hay que situarlo en un pequeño país centroamericano, El Salvador; un territorio convulso entre guerras y guerrillas interminables, estremecido social y naturalmente por estar enclavado a los pies del Cinturón de Fuego, en la costa más difícil del Pacífico. Tanta muerte en vano,  y un poeta, dedicado al arte más noble, como la  docencia, quizás, sorteando espantos de palabras gastadas por tanta lluvia, entresacando belleza contra el páramo en medio de ese panorama desolador de la violencia, sorteando su piel contra la aridez de la locura bajo la lluvia, que no es lluvia, porque no moja, son piedras filosas que rajan como penas, el dolor por tanto riesgo.

Ars Moriendi significa, el arte de morir. Este título fue acuñado por primera vez en la primera mitad siglo XV a la unión de dos textos interrelacionados, en latín, que contienen consejos sobre los protocolos y procedimientos para una buena muerte y sobre cómo morir bien, de acuerdo con los preceptos cristianos de finales de la Edad Media, durante un período en el que los horrores de la peste negra y los consecuentes levantamientos populares estaban muy presentes en la sociedad.

Leer a Cruchaga es entregarse a un campo minado.

La poesía nos ayuda a adentrarnos en el mundo personal o imaginario de los autores, y a su vez, adentrarnos durante años en la obra de determinados autores nos ayudará a mejorar nuestra percepción de la literatura.

Como Góngora en su tiempo, la obra de Cruchaga quizás no corresponda a la Vanguardia poética de nuestros días, sino que va más allá y supera los límites de nuestra paciencia. Su obra podemos traducirla como fragmentos de vivencias sociales. Dentro de cada poema, como en parte de su obra también hay amor más allá del amor, no solo el amor a un cuerpo desnudo, sino al amor de esa escasa porción que nos toca y cada día se renueva con sus múltiples caras.

Atesoro varias de sus publicaciones en papel de su ya tan dilatada obra, como también confieso llevar alimentando un archivo con aquellos poemas diarios que me resultan imprescindibles. Ni él mismo sabría seleccionar diez de sus poemas, de sus alrededor seis mil ya escritos, para incorporarlo a un encargo de publicación colectiva; así me confesó una vez y me pasó esa responsable y difícil tarea.

Los poemas de Cruchaga saben a  tierra con cenizas y escombros, y qué es la vida si no los escombros con tierra y ceniza que vamos dejando a las generaciones venideras. Su obra no se caracteriza precisamente por la limpieza  puramente musical de una sinfonía de imágenes, la obra de este poeta trasciende abocada a tertulias y análisis más allá de nuestra generación. No soy el más indicado para este análisis, dado mi resumir de palabras, solo expongo una obra admirada diariamente durante años para el disfrute de los que no han tenido el placer de leerlo.

En una época, el canto, la poesía y la danza formaban parte de un único dromenon. Poco a poco fueron independizándose unas de otras, convirtiéndose en arte. En ese proceso se fueron diferenciando la poesía de la narrativa mediante el verso rimado. Whitman, el padre del verso libre, rompió los cánones creando el verso libre y éste en su proceso de renovación fue acercándose de nuevo al texto narrativo, que es lo que define la obra de Cruchaga.

Pero la obra del poeta contemporáneo difiere de la prosa, la buena poesía contemporánea dice algo que la prosa no podría decir en modo alguno.  Para leer a Cruchaga tenemos que derribar nuestras estructuras lógicas, debemos alcanzar una especie de estado de trance en el que las imágenes, las correspondencias y los sonidos de sus metáforas se combinan de una manera totalmente diferente.

Es tal la profusión de imágenes contrapuestas  por este poeta que sirve de materia prima para toda creación. Añade además a sus textos párrafos en cursiva, como aclarando o añadiendo otro poema dentro del mismo. Cualquier poema de Cruchaga puede ser el móvil para un corto de ciencia ficción.

La poesía es la menos técnica de las artes. Como dijera C. S. Lewis, La poesía moderna es demasiado difícil para la mayoría de la gente. Cuanto más refinado y perfecto se vuelve un instrumento para el desempeño de determinada función, es natural que menos sean las personas que necesiten, o sepan, utilizarlo. Así pasa con la poesía vanguardista, se limita cada vez más a perfeccionar formas nuevas de decir y así pierde interés el gran público ya que no está preparado a recibirlo.

La culpa no es de la poesía, ni de los poetas, sino del perfeccionamiento al andar de la primera. Para leer poesía necesitamos de un talento que se asemeja un tanto al talento de escribirla, de ahí que se cierre el círculo de lectores alrededor de la sublimación de un poeta nada comercial, con personalidad propia y estilo tocado por los dioses, como Cruchaga.

Inevitablemente este proceso es paralelo a una disminución constante del número de sus lectores. Hay quienes lo achacan al elitismo que han alcanzado los poetas, otros a los medios de información, las redes sociales, la moda…
Tomando las palabras del poeta polaco Adam Zagajewski, tras recibir el Premio Princesa de Asturias, 2017: No está de moda detenerse en medio de un prado primaveral ni la reflexión. La falta de movimiento es nociva para la salud, nos dicen los médicos. Un momento de reflexión es peligroso para la salud, hay que correr, hay que escapar de uno mismo.
Por otra parte, el sistema de enseñanza de la literatura no ayuda, sigue aprisionado por las arcaicas herramientas que ha hecho ineficaz su estudio. Qué poeta actual no sufrió en tiempos de adolescencia con aquellos clásicos impuestos. Sólo el tiempo y el amor a este oficio nos hace volver a su lectura y estudio personal. La gran mayoría no volvió a su estudio y quedó con la gris explicación del docente de turno.

Hay quien se empeña en que este vacío de lectores de poesía sea temporal y la invasión de las modas actuales de paso a otra poesía nueva o renovada y pueda volver a tener un público más masivo.

La obra conocida de André Cruchaga se rige por su honestidad al mundo que le rodea y nos hace disfrutar de ello. En mi caso, vengo siguiéndolo desde hace años sin habernos planteado una amistad literaria, luego cuando se dio el caso, surgió la admiración mutua por nuestra obra, y por supuesto, entre el mayor y el menor poeta. Que no quede duda de André Cruchaga como uno de los grandes poetas de nuestra época.



Juan Calero,
22 de mayo de 2018
Islas Canarias, España

martes, 10 de noviembre de 2009

CAMINOS CERRADOS

Juan Antonio Rosado, escritor y ensayista mexicano








CAMINOS CERRADOS



Por Juan Antonio Rosado
Reseña




¿Qué ha sido de este país? Museo de huesos,
vianda de moscas salpicadas por espigas
de lágrimas.
André Cruchaga




Entre los actuales poetas salvadoreños, André Cruchaga (1957) merece el lugar de quienes han conquistado su voz, una voz que, como pocas, expresa con intensidad nuestra época; una voz que, por lo mismo, se aleja de la función meramente esteticista o "artepurista", que García Lorca, por ejemplo, consideraba como "una cosa que sería cruel si no fuera afortunadamente cursi". Pero el poeta no ha renunciado ni a lo estético ni a las imágenes por instantes crípticas, aunque llenas de plasticidad en su hermetismo.

Ceñido al signo de nuestro tiempo —uno de los más crueles y deshumanizados—, Cruchaga ha encontrado en la poesía el vehículo para expresarlo. En su último poemario, Caminos cerrados (2009), impera la noche, el "aire de ceniza", la catástrofe, "el cascabel del pánico", lo infernal y la indiferencia de Dios (si lo hay), así como escalofrío, desasosiego y, en general, signo negativo: "alfabeto del extravío", camino cerrado:

Mientras los países mueren desangrando
su agonía,
no sé en qué piso de la ONU los embajadores
cabildean para convertir las falacias en verdades,
el azúcar en gastada diabetes
y en insomnio histórico la hojarasca.

El libro resulta una descripción apocalíptica del espíritu en su lamentable estado de degradación. Tras la guerra fría, cuando "el único imperio se tornó Dios", hemos heredado un mundo sin paz: "tapiz de balas por aire y tierra", donde "el hongo del ruido ha sido un vasto ornamento" y donde "Envejecemos junto a la noche,/ la pólvora y la tortura". El espíritu de hoy es el de "las teorías antropófagas de los políticos" y el "aliento de alacranes"; el "tiempo de bestias" en una "tierra de miedo" en que la armonía es negada y el caos tiene su vestíbulo. Por ello, el tema recurrente del volumen es la guerra, inherente a muchas naciones latinoamericanas. El Salvador no es, por supuesto, la excepción, y México hoy se halla enfrascado en una guerra inútil, sin rumbo, porque es ése el medio que ha elegido el Estado para provocar temor en la población: más de once mil vidas apagadas a causa de tratarnos como menores de edad y prohibir sustancias que “no debemos” introducir en nuestros cuerpos “porque es malo”. ¿En qué conciencia cabrá ese daño, esas vidas (inocentes o culpables), si es que hay conciencia en el aparato represor del Estado? Cruchaga, más allá de su tiempo y su lugar, ha sabido captar una esencia humana: el estado de conflicto independiente de sus causas. Lo importante es que ha sentido, sufrido, expresado sus consecuencias. Y sin embargo, "Bajo el caos, la palabra", como reza uno de los títulos del poemario. Renunciar al verbo poético implicaría caer en el amarillismo de muchos medios de comunicación; al fin y al cabo, vulgarizadores de la violencia. Tras los estados de conflicto que estamos viviendo, nada puede volver a ser igual:

Aquí era la ciudad antes de la guerra.
Era el mercado, la escuela, el día;
ahora es el escombro y el aliento seco.

El poemario posee una fuerza, una intensidad emotiva que destila indignación, impotencia, grito, a pesar de su clamor por la paz. Es difícil concluir el volumen sin dolor por el estado actual en que viven (sufren) países como el nuestro. He ahí la unidad del libro, que oscila entre el pesimismo y una tímida, penosa de abrir los ojos, esperanza de paz. Este conjunto de poemas no dejará indiferente a ningún lector sensible, que vive y padece nuestra época y el destino del otro y del yo en un mundo —como diría el poeta hondureño Roberto Sosa— "para todos dividido".
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André Cruchaga. Caminos cerrados. México: Editorial Praxis, 2009, 100 pp.

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Publicado en La Cultura en México, de la revista Siempre!, año LVI, núm 2943 México, 8 de noviembre de 2009, p. 84





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Juan Antonio Rosado (México, 1964). Narrador, ensayista y crítico literario. Es autor de la novela El cerco (Ed. Jus, 2008), del libro de poemas y aforismos Entre ruinas, poenumbras (Ed. Praxis, 2008) y del libro de cuentos Las dulzuras del Limbo (Ed. Praxis, 2003), así como de los volúmenes de ensayos: Palabra y Poder (Conaculta. Sello Bermejo, 2006); Juego y Revolución: la literatura mexicana de los años sesenta (EDAMEX, 2005); Erotismo y misticismo (Universidad de la Ciudad de México / Ed. Praxis, 2005); El engaño colorido (Universidad de la Ciudad de México, 2003); Bandidos, héroes y corruptos o nunca es bueno robar una miseria (Ed. Coyoacán, 2001); El presidente y el caudillo (Ed. Coyoacán, 2001) y En busca de lo absoluto (UNAM, 2000), y del manual Cómo argumentar. Antología y práctica (Ed. Praxis, 2004). Colaboró en la realización del Diccionario de literatura mexicana. Siglo XX (dos ediciones: UNAM, 2000 y Ed. Coyoacán / UNAM, 2004). También participó en la edición anotada de Alfonso Reyes: Visión de México (aún inédita). Ha publicado cuento, ensayo, poesía y crítica literaria en más de seis libros colectivos o antologías, entre las que cabe mencionar Los mejores cuentos mexicanos. Edición 2001 (Ed. Joaquín Mortiz, 2001), La escritura cómplice. Juan García Ponce ante la crítica (Ed. Era, 1997), Memorial de dos ciudades (Ed. Vigía, La Habana, 1995), Rayo de Esperanza (Centro Poético, Madrid, 2004), Letras latinoamericanas. Cinco premios Nobel y cuatro que no lo fueron (Compañía Editorial Impresora y Distribuidora, 2006) y Animales distintos (Ed. Arlequín/FONCA/CNCA, 2008). Ha sido colaborador en más de diez revistas literarias y en diversos suplementos culturales. Es miembro del Consejo Editorial de la revista Blanco Móvil. Como docente, ha sido profesor de literatura en más de diez instituciones del país. En 2003, la Universidad Iberoamericana lo premió con una Medalla por su desempeño en los Diplomados en Arte Contemporáneo, y en 2004, el Centro de Cultura Casa Lamm, con un Diploma por su labor académica. Fue también merecedor de la Medalla “Alfonso Caso”, que le otorgó la UNAM en 1998. En dos ocasiones, recibió la beca “Jóvenes creadores” del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA): durante los periodos 1997-1998 (en ensayo) y 1999-2000 (en cuento). En septiembre de 2000 ganó el Premio de Ensayo “Juan García Ponce”, otorgado por el Instituto de Cultura de la ciudad de México. En 2002 obtuvo el grado de Doctor en Letras por la UNAM. Ha colaborado como investigador en elInstituto de Investigaciones Filológicas (UNAM) y en la Fundación Pro Academia Mexicana de la Lengua. También se ha desempeñado como dictaminador, editor y corrección de estilo para diversas instituciones.